Perfeccionismo; defecto o virtud

30.09.2018

La mayoría de nosotros tenemos cierta tendencia al perfeccionismo, al menos en algún área de nuestra vida. Casi todos tenemos esa faceta en la que nos gusta hacerlo de 10. Puede ser la paternidad (más común en mujeres, por lo que debería decir maternidad, pero soy una feminista que se siente incluida en el masculino, nadie es perfecto), el trabajo, los estudios, el comportamiento ético o moral, la estética, las relaciones sociales, el orden, etc.

¿Es esta autoexigencia, un tanto desmesurada, una virtud o un defecto?

Todos hemos oído alguna vez a alguien referirse a esta característica como virtud. Expresiones como "es muy perfeccionista, le gusta tener todo bajo control", a menudo se usan con un cierto matiz de admiración. Suele estar bien visto en nuestra sociedad. Ser perfeccionista implica darle mucha importancia a aquello en lo que se pretende la excelencia. De ahí que lo veamos loable. Y sí, claro, tiene ventajas. Cuando se actúa con esta necesidad de que todo salga a la perfección, se consiguen, a veces, estupendos resultados. Sí, solo a veces.

Esta actitud tiene un coste demasiado alto. Viene en compañía de una serie de inconvenientes que es importante no perder de vista. Veamos los motivos por los que nos conviene decirle adiós a esta forma de conducirnos.

Dejamos de disfrutar de lo que tenemos entre manos.

Novias que, agobiadas por la necesidad de que "todo salga perfecto ese día", no solo no disfrutan de los preparativos, sino que incluso están deseando que todo pase ya; viajeros que no han de perderse ni un detalle, y cuando vuelven de vacaciones se dan cuenta de que están más cansados que cuando se fueron; niños que apenas tienen tiempo de jugar porque están saturados de extraescolares y tienen que tener un currículum brillante... Si la premisa es el resultado 10, no hay espacio para el disfrute. Es conveniente dejar un margen al error, y asumir que las cosas hermosas no son necesariamente perfectas. La boda en la que todo parece perfecto pero los novios han estado estresados al prepararla pierde color y es un sinsentido. Es preferible hacer algo bonito con gusto que buscar esa excelencia pagando el peaje de perdernos la belleza y el disfrute.

Nos decepcionamos demasiado, con resultados que incluso pueden ser buenos, pero no están a la altura de nuestro criterio superexigente.

Si nos empeñamos en ser la pareja perfecta, el estudiante perfecto, la hija, madre, el amigo o el profesional perfecto, nos encontraremos con una vida llena de decepciones. Creer que realmente se puede conseguir es no aceptar el mundo en el que vivimos. Eso está cerca de la neurosis. Pretender la perfección como necesidad es una fuente de sufrimiento. Creo que mucha gente es víctima de ello sin ser muy consiente. A menudo, detrás de ese alumno brillante que saca muchos dieces hay una permanente insatisfacción. En estos, ya casi, veinte años de docencia, he visto más de un ceño fruncido por un 9 y es algo que me apena bastante. Hay una falta de amor a uno mismo en esa gran exigencia. Lo verbalice o no, la víctima del perfeccionismo solo se acepta en el logro, y su estándar de logro se lo ha puesto demasiado alto. Cuando no lo alcanza, suele ser muy dura consigo misma. Se rechaza, se critica, no se acepta y por tanto se siente tremendamente infeliz. Si solo eres un poco perfeccionista, solo te sentirás un poco mal contigo mismo, cuando tu humanidad se imponga, y te coloque en el 7,5, en lugar de en el endiosado 10. Pero si tus niveles de perfeccionismo están  disparados, un notable puede ser un motivo para machacarte. Obviamente, lo perjudicial que pueda llegar a ser va depender de la intensidad en el que se encuentre tu tendencia al perfeccionismo.

El trabajo se hace más lento o incluso no se empieza.

Otra desventaja que puede acarrear la necesidad de resultados inmaculados es la lentitud, provocada por la inseguridad, e incluso la paralización. También la postergación indefinida o procrastinación.

Puede que, gracias a la obsesión perfeccionista de Miguel Ángel, la humanidad tenga al David. Pero ¿cuántas otras obras nos hemos perdido por el bloqueo que padece el genio cuando la ansiedad se lo come por dentro? Lo que ha sido destruido por su propio creador o peor, no ha visto la luz, es una cifra que desconocemos. El sublime Oscar Wilde dijo una vez "hoy he estado todo el día trabajando, puse una coma, al final del día la he quitado". Sinceramente, me gusta pensar que, aun cuando Miguel Ángel no hubiera sufrido tanto, su obra igualmente habría existido. No creo que sea lo patológico lo que inspira al artista, creo que hay artistas que lo son a pesar su patología (pero ese sería tema para otro post).

Podemos aspirar a generar algo grande e incluso muy grande, sin la obsesión de alcanzar la divinidad.

Genera una gran ansiedad.

Algo que suele acarrear el deseo persistente de perfección es una ansiedad que resta muchos puntos. Como queremos rendir al cien por cien, al final, nos agobiamos tanto a nosotros  mismos que no rindimos nada. La ansiedad puede hacer menguar o incluso anular nuestra capacidad. Puede padecerla un estudiante, un deportista o un amante en su primera noche de pasión (existe una disfunción eréctil, o "gatillazo", generado, solo y exclusivamente, por la presión autoimpuesta de hacerlo de 10). Cuando se padece esta ansiedad, se consigue el resultado opuesto al deseado. No solo no sale perfecto, sino que sale un churro, o no sale nada.

No se trata aquí de hacer una alabanza de la dejadez o el chapuceo. "Como la búsqueda de la perfección genera ansiedad, hagámoslo de cualquier manera". No es eso, claro. Es muy sano querer hacer las cosas bien, e incluso lo mejor que podemos. Ahora bien, lo mejor que podemos es eso: lo mejor que podemos en cada momento, y no más allá de lo humanamente posible. Y sobre todo hazlo más para disfrutar por el camino que para que el resultado sea excelente. La mejor manera de hacerlo lo mejor posible es hacerlo con placer e inmersos en el presente.

Como el converso hace apología de su nueva religión, yo abogo por la aceptación de nuestra realidad mundanamente defectuosa. Tengo que confesar que en alguna que otra área, como la mayoría, me he recriminado  no ser perfecta. Después de morir mi madre, tuve ese malestar de no haber sido la hija perfecta. Si te pones a buscar es muy fácil. Siempre, siempre, es posible haber hecho más, o haberlo hecho mejor, haber pasado más tiempo con ella, haberla cuidado más. Ahora sé que la quise con toda mi alma, y lo hice lo mejor que pude. Eso es lo que importa, no el hecho de ser perfectos. Como decía al principio, conviene tener cuidado con lo que nos importa mucho, porque es ahí donde podemos caer en el error de desear ser impolutos. Ahora, como madre, cuando me sorprendo queriendo ser perfecta en mi relación con ese ser, que lleva el mismo nombre que su abuela, echo el freno, y me digo: la perfección es misión imposible. Vivir es cometer errores. Seré una madre cuidadosa, e intentaré hacerlo lo mejor posible, pero no seré, a Dios gracia, una madre perfecta.

Podemos sustituir la necesidad de hacerlo perfecto por el mero deseo de hacer las cosas bien, así mantendremos la ventaja de obtener buenos resultados y nos libraremos de la ansiedad y el "sinvivir" de que todo salga a la perfección. No tengas miedo de que los resultados empeoren por humanizar tus aspiraciones, no hay duda de que los mejores logros se obtienen cuando se disfruta de lo que se hace.

Por ello te animo a que te aceptes y te quieras con tus peros. Ese es el verdadero amor también para darlo a los que tienes cerca. Acéptalos y ámalos con sus defectos, con sus inevitables imperfecciones. Y a los más pequeños, si eres madre, tío, abuelo o maestra, ayúdales a entender que es bueno estudiar para el 10, pero que también hay que alegrarse del 6, el seis está bien, y con el 4, simplemente hay algo más que hemos de aprender, solo eso.

No seas perfecto sé feliz.

Araceli Zaldívar Moreno