Tu error puede serte de gran utilidad

13.03.2018

¿Cómo miras tus errores? ¿Lo haces de forma objetiva, o con los inquisidores ojos de un aplicado Torquemada?

Hemos adquirido el mal hábito de condenar el error. Esto es una práctica generalizada socialmente, y eso hace que individualmente muchas personas se machaquen cuando se equivocan. Sin embargo ese sí es un gran error, del que no somos conscientes. Los errores que no vemos como tales tienen un cierto peligro. La equivocación tiene una misión muy importante: EL APRENDIZAJE. Ahora bien, ese aprendizaje requiere que percibamos claramente nuestras acciones fallidas. Sin embargo, a menudo no hacemos esa lectura, sino que elegimos entre dos caminos.

Uno de ellos es actuar punitivamente con nosotros mismos. Nos castigamos. Tal vez no seas muy consciente pero suele ser así. Si por la mañana calientas la leche más de la cuenta y rebosa, no te dices a ti mismo: "oh, un buen momento para aprender que es conveniente calentar la leche durante menos tiempo". En su lugar puede que te digas:"qué torpeza, y con la prisa que tengo, espabílate que estás atontado". Esta forma de hablarte hace que tengas más probabilidad, aunque no te lo parezca, de volver a cometer el mismo error de nuevo. Normalmente en la lectura que hacemos de las equivocaciones incorporamos identidad. Me explico, nos vinculamos con el hecho y nos vamos etiquetando. He llegado tarde, mira que soy impuntual; he caído el paragüero, mira que soy torpe; se me ha olvidado, mira que soy despistado... y así toda la vida. Esta forma de comportarnos con el error nos lleva directamente a la otra conducta habitual. Como es dolorosa la gestión que hacemos de nuestras picias, a menudo optamos por negarlas. Nos encabezonamos en haber actuado correctamente, porque el reconocer que nos equivocamos nos llevaría a colocarnos un sambenito nada deseable. Inconscientemente escojo entre insultarme o colocarme un apelativo nada halagüeño y mantener una postura errónea pero salvaguardar mi autoestima. Por suerte hay una tercera vía más sana psicológicamente.

Pues bien, la solución está en cambiar nuestro diálogo interno. Cada vez que te equivoques di "Una ocasión para aprender, ahora sé que debo ir más despacio cuando pase delante del paragüero". No vuelvas a etiquetarte, eso te dificulta cambiar. Todos nuestros grandes aprendizajes están llenos de errores. Leer, escribir, caminar. Ningún niño se dice cuando cae una y otra vez antes de saber andar, "esto de andar no es para mí, mejor me dedicaré a otra cosa". Sin embargo como adultos hacemos a menudo ese planteamiento. Nos duele cometer errores, nos molesta demasiado equivocarnos y dejamos de hacer y aprender cosas porque no nos salen a la primera. El error es bueno detectarlo, por eso los profesores tenemos la mala costumbre de señalarlo en rojo, pero solo para aprender de él. A Tomas Edison le preguntaron que, si después de más de cien intentos fallidos de conseguir la ansiada bombilla, no había llegado el momento de desistir, a lo que cuentan que él contestó: "en absoluto, ahora estoy más cerca que nunca, ahora conozco más de cien formas en las que no funcionará la bombilla". El genio es así., el genio raramente es un golpe de suerte, un acierto a la primera, detrás de los grandes talentos hay una enorme perseverancia y el afán del aprendizaje tras el error.

Mi consejo, mira tu error, sé consciente de que lo que es: una forma poco correcta de conseguir lo que deseas. Reconócelo y luego con toda ternura despídete diciéndole "gracias por enseñarme la forma en la que NO puedo lograrlo, así podré probar nuevas vías"

Equivocarse puede ser un gran acontecimiento, si eres padre o educador interioriza y trasmite este mensaje. No les regañes a tus hijos por meter la pata, eso es algo que todos haremos inevitablemente, muéstrale que hay una enseñanza detrás.

Araceli Zaldívar Moreno