Sentimiento de culpa, ¿útil o perjudicial?

27.08.2018

¿Quién no ha tenido alguna vez sentimiento de culpa? ¿Qué significa eso de sentirnos culpables? ¿Se trata de una emoción saludable?

Todos, con más o menos intensidad, hemos experimentado esta desagradable sensación. Ante un fracaso, un error, una conducta que consideramos equivocada o maliciosa aparece este incómodo pesar que nos hace sentirnos mal con nosotros mismos. Cuando albergamos esta emoción nos condenamos, y nos vemos, así pues, merecedores de castigo. Hay personas que llegan a odiarse, a despreciarse, cuando están sumidas en el pozo de la culpa.

Estamos ante una emoción muy arraigada en la cultura judeocristiana. Tenemos incluso una oración en la que nos repetimos culpables, acompañada de golpes en el pecho, para asegurarnos de interiorizarlo bien.

Sin embargo, la Psicología ha sometido a juicio a la culpa y la ha encontrado: "culpable". Esta alteración del ánimo no cumple la función que la sociedad y la educación cree darle (o tal vez sí, si su función es la de manipularnos, aunque ese sería otro post). Es decir, no hay mucho aprendizaje tras ella, y no nos hace ser mejor persona. Nos llena de menosprecio a uno mismo. Se trata pues de una emoción dañina. La culpa te hace centrarte en el pasado, y querámoslo o no, sobre el pasado nuestro margen de actuación es nulo. Por tanto nuestra energía y nuestros pensamientos están siendo desaprovechados.

Cuando la culpabilidad nos invade, tendemos a rememorar la situación, a revivir el pasado y a angustiarnos por lo mal que nos comportamos. Ese "que mal lo hice, que mal lo hice", insistente y machacón, me empequeñece, me encoge. Sumido es esa viscosa sensación me digo "que imbécil (egoísta, ridículo, torpe, aquí cada uno escoge el látigo psicológico que mejor venga a la situación en cuestión) soy por..."

Lo que estamos haciendo es etiquetar a todo nuestro ser por un comportamiento concreto. O sea, que vamos de lo particular a lo general completamente a lo loco. Cometemos un error cognitivo, la generalización excesiva. Lo estúpido es el comportamiento, no la persona. Las personas, TODAS, cometemos hechos idiotas e inteligentes, y los vamos alternando a lo largo de nuestra vida. Es así, porque sencillamente somos humanos. Quizá demasiado humanos, como señalara el desdichado Nietzsche. Sin embargo eso forma parte de nuestro encanto, de nuestra extraña y paradójica condición imperfecta. Somos tontos y listos, altruistas y egoístas, generosos y tacaños, perezosos y trabajadores, activos y pasivos. Cada uno de nosotros alberga la posibilidad de comportamientos polares.

El error que cometemos, al etiquetar el todo por la parte, nos viene dado culturalmente. La religión habla de pecadores, el sistema judicial declara a la persona inocente o culpable. En educación, aunque la nota recae sobre la labor realizada, en el fondo, tanto para ellos como para nosotros, se trata de alumnos suspensos, mediocres o brillantes.

Movidos por esta inercia, cuando obramos mal, hacemos lo que hemos aprendido, nos condenamos. Sería muy conveniente evitar equivocarnos así. Si me condeno y me etiqueto por mi mal comportamiento, además de sentirme fatal me dificultaré cambiar. Si me repito, me martilleo, revivo la situación en la que me comporté, pongamos por caso, como un borde, y me digo "fui un borde, que mal..." en mi mente queda grabado que soy un borde. En la próxima oportunidad en la que pueda escoger un comportamiento, automáticamente, elegiré el de un borde. O tal vez actúe de forma artificialmente amable para compensar, también suele ocurrir. En ambos casos mi comportamiento se ve condicionado por la culpa.

La energía se mueve en este sentimiento de forma circular, no te deja avanzar, te estanca.

Mi consejo es que destierres la culpa, de tu mente y de tu vocabulario.

¿Significa esto que no he de mejorar, aprender de mis errores? Todo lo contrario. Existen buenas alternativas.

Una de ellas es cambiar nuestra forma de expresarnos. Para mí las palabras que empleamos son de gran importancia, pues nuestro pensamiento es en su mayor parte lingüístico y cómo pensamos va a influir en cómo nos sentimos y actuamos. Hay algunos sustitutos bastante más aconsejables. Son responsabilidad y arrepentimiento.

Veamos el primero. Haz la prueba repitiendo estas dos frases:

Es mi culpa que el informe saliera mal.

Es mi responsabilidad que el informe saliera mal.

¿Has notado alguna diferencia? Lo primero que hacemos con el cambio es delimitar si realmente nuestro comportamiento es un factor determinante en lo ocurrido. Pongamos el ejemplo de una relación fallida. Al cambiar el término culpa por el de responsabilidad nos daremos cuenta de que difícilmente seamos responsables al 100% de las conductas de otros. Difícilmente diremos "él/ella se fue por mi responsabilidad". Si por el contrario, lo somos, como puede ocurrir en el ámbito laboral, con el ejemplo del informe, al cambiar culpa por responsabilidad ¿no te dan ganas de reparar la falta? Si es mi responsabilidad, me pongo a trabajar e intento salvar la situación más, que quedarme lamentándome de mi incompetencia. Usar esta palabra te ayudará a ver que raramente hay un único factor causal, y de que a menudo nos sentimos culpables de acontecimientos de los que realmente no somos responsables, o no de forma exclusiva.

La responsabilidad es operativa, la culpa es paralizante. La responsabilidad te empuja a actuar para subsanar (y si no es posible, a tomar nota para la próxima vez), la culpa te inmoviliza pues crea en nosotros sensación de incapacidad, y también, de merecimiento de castigo.

No sería del todo justo decir que la culpa siempre paraliza pues también solemos actuar movidos por ella. Lo que ocurre es que, como es un sentimiento que nos ha hecho daño, solemos actuar de forma incorrecta. Sobrecompensamos. La persona infiel a su pareja que después del engaño es exageradamente amable o cariñosa. Tanto que hasta hace sospechar. El padre que ha reñido a su hijo, más cabreado por el estrés del trabajo que por la conducta del niño, y después, sintiéndose culpable, le consiente saltarse algún límite que de otra forma no le permitiría. Sobra decir que estas salidas culposas pueden aliviar nuestro estado anímico, pero no son lo mejor para una relación equilibrada.

Otras veces la culpa pide castigo. Eso está muy arraigado en nuestra cultura. Con ello se produce el absurdo de que, inconscientemente, puedas castigarte por lo que hiciste, y no hacer sin embargo nada por reparar el daño.

El otro vocablo que te propongo usar, arrepentimiento, también es más operativo. Reconoce que te arrepientes del hecho. Eso te hará comprometerte a procurar elegir comportamientos diferentes en el futuro. El arrepentimiento conlleva un pensamiento más consciente que la culpabilidad. Como hemos visto en los ejemplos anteriores, bajo ésta, a veces actúas sin mucha consciencia de que lo que mueve tu comportamiento es la culpa. Eso ocurre porque nos duele, por eso tendemos a taparlo. Además con el arrepentimiento solía venir en nuestra tradición cristiana el perdón.

El perdón es el antídoto de la culpa, y es la tercera propuesta que te hago, si quieres exiliarla de tu vida. Perdónate a ti mismo, si te arrepientes de algo. ¡Perdónate, y ya! Perdónate porque sencillamente eres una criatura imperfecta, que comete errores y se equivoca a menudo. Es absolutamente inevitable que así sea.

Por último, no puedo terminar sin acordarme de los más pequeños. Cuando te relaciones con niños, no busques culpables, no los etiquetes, háblales siempre de sus conductas, de sus comportamientos, no los califiques a ellos. Dile que no te gusta ver el desorden, no que es un desordenado. No les hagas sentirse culpables, esperando que eso les ayude a ser mejor persona, solo les ayudará a adquirir complejos. Todas las etiquetas que les coloques las usará para fabricar su identidad. Y ya sabes que es falso porque en todos habita un potencial comportamiento y también su opuesto.

Araceli Zaldívar Moreno