Nunca antes en la historia de la humanidad se ha consumido tanta azúcar, ni harinas refinadas como actualmente comen los niños.

28.12.2017

¿Qué están comiendo nuestros hijos? Si dejamos a un lado la comida casera y los alimentos sin etiquetas, el resto de los alimentos que comen, probablemente sus favoritos, se compone de azúcar, sal, harinas refinadas y aceites de baja calidad. Puede que te resulte una exageración, no lo es. Aparte de ser los que ocupan más del 80% de la superficie de los supermercados, son los componentes más abundantes de la mayoría de los productos procesados. Y gran parte de los niños los están tomando diariamente. La industria alimentaria hace un gran despliegue de imaginación, formatos de presentación tremendamente atractivos, halo de saludable, añadidos de vitaminas y minerales, regalos, coleccionables, personas o personajes idolatrados, etc. Todo ello, claro está, para conseguir un consumo masivo, y lo consigue. Los niños son los más indefensos y manipulables en este ambiente obesogénico en el que vivimos. Pero, detrás de esos sugerentes formatos de colores llamativos y brillantes ¿Qué nutrientes hay? ¿Lo sabemos? Como dice el refrán "el papel aguanta todo lo que le quieran poner", p.e. que en una bolsa de gusanitos aparezca la frase snac saludable, eso lo aguanta el papel.

Ante esta constante manipulación, los recursos más valiosos de los que disponemos son la información nutricional y la lista de ingredientes. ¡INGREDIENTES! Entre esos ingredientes hay cuatro, como he mencionado, que son principales en la mayoría de productos que constituyen la alimentación infantil diaria: azúcar, harina refinada, aceites de mala calidad (maíz, girasol, colza, palma, palmiste,...) y sal. ¿Una exageración? Veámoslo detenidamente.

¿Qué come un día normal cualquiera de nuestros hijos? Se levanta y se toma unos cereales "para niños", (azúcar, harinas refinadas, aceites de baja calidad y sal) con un ColaCao (azúcar). A media mañana se lleva un zumo (agua con azúcar) con un pan blanco de molde (harina refina, azúcar, aceite de baja calidad) o galletas (harina refina, azúcar, aceite de baja calidad). En el almuerzo ya depende de cada casa, pero seguro que no necesita un plato de pasta, hecho de más harina de trigo refinado y tomate frito, con aceite refinado y azúcar, mucho mejor unas legumbres. En la merienda otro cola cao con galletas, cereales azucarados, pan blanco, dulces,... más de lo mismo, y por último, cuando van a la calle una bolsa de gusanitos que si uno lee los ingredientes, aportan más de lo mismo. Y por último viene la cena, donde nos intentan meter más comida procesada como salchichas, nugget de pollo, patatas precocinadas, burguer meat, pizzas...

Puede decirse que estos cuatro alimentos constituyen alrededor del 50% de los alimentos que toma un niño ¿Cuáles son los problemas que esto trae en su salud? Veámoslo brevemente.

La glucosa, como todos sabemos, tiene que estar entre unos rangos, máximo y mínimo, en la sangre, para conseguirlo el páncreas segrega unas hormonas, Insulina y glucagón, dedicadas a mantener esta homeostasis. Nunca antes en la historia de la humanidad se ha consumido tanta azúcar, ni harinas refinadas, como lo hacen ahora nuestros hijos, y en general todos nosotros. Este gran consumo obliga al páncreas a mantenerse constantemente activo. Y lo peor es que puede provocar a largo plazo una diabetes tipo II. Cuando la glucosa supera los rangos saludables en la sangre se convierte en veneno para el organismo e intenta huir e irse a las células (que pueden metabolizarla y convertirla en energía o en grasa). Para entrar en ellas necesita una llave, la insulina. Por ello a más glucosa más insulina. Esto puede dar lugar a dos problemas: cierra la fábrica de llaves (petan las células del páncreas dedicadas a su producción) o que nuestras células se hagan resistentes a la insulina (que las llaves ya no nos valgan). En ambos casos se llegaría a diabetes tipo II.

Otros problemas que pueden derivarse del consumo excesivo de estos cuatro ingredientes son la obesidad, inflamación que nos predispone a enfermedades coronarias entre otras, el hígado graso no alcohólico, caries, alergias, hipertensión, enfermedades autoinmunes, ácido úrico alto en sangre, enfermedades degenerativas del sistema nervioso (alzheimer, parkinson). Este conjunto de enfermedades se ha denominado las enfermedades no trasmisibles del siglo XXI en los países desarrollados, consideradas ya como pandemia por las autoridades sanitarias por su creciente aumento.

A corto plazo el consumo de este tipo de alimentos procesados también trae problemas, ya que desplaza a otros alimentos más nutritivos, confunde nuestro sentido natural del gusto, haciéndonos perder el sabor de los alimentos reales, provoca caries, etc.

Como decíamos al principio, lo que nos interesa, es conocer los ingredientes. Estos no siempre son los que aparecen en el envase en letras grandes. Hay que ir a las etiquetas y saber leerlas. En ellas los ingredientes vienen ordenados según la cantidad que contiene el alimento, así, el primero que aparecerá será siempre el más abundante. Veamos algunos ejemplos.

1ª Una inofensiva piruleta.

Aquí podemos ver como lo que más predomina es el jarabe de glucosa, un tipo de azúcar muy concentrada, luego más azúcar y por último los distintos aditivos. Al final nos viene una advertencia "PUEDE TENER EFECTOS NEGATIVOS SOBRE LA ACTIVIDAD Y LA ATENCIÓN DE LOS NIÑOS". Ahí lo dejo....

2º Le toca el turno a los cereales de por la mañana.

Aquí encontramos de primero cereal refinado y de segundo azúcar. Si nos vamos a la información nutricional vemos que por cada 100 gr, contiene 74,9 gr de hidratos de carbono, de los cuales 26 gr son de azúcar (un poco más de 3 sobres de azúcar). Como reclamo nos pone que está enriquecido con vitaminas, sin embargo un porcentaje de estas no se asimilarán, al no estar en la matriz de los alimentos de origen. Además un buen pan integral con aguacate, tomate y jamón tiene más vitaminas, minerales, polifenoles, etc.

Si además lo acompañamos con un Cola Cao vemos que añadimos más y más azúcar.

Aquí podemos ver como las asociaciones destinadas a velar por la salud de nuestros hijos se venden a la industria alimentaria. Por cierto que, después de las presiones de asociaciones como dietistas sin patrocinadores y nutricionistas con renombre, han retirado el sello, un sello que caía por su propio peso. Leyendo la etiqueta, ¿dónde está el beneficio? Cereales refinados, ni siquiera integrales, eso sí con un poco de salvado, qué es el peor tipo de fibra. Luego otra vez azúcar y aceites de mala calidad. Un despropósito. 

La imagen corresponde a 8 galletillas

Ante esto no cabe otra opción, debemos controlar la ingesta de estos productos procesados en nuestros hijos y no pensar que son niños y "lo queman". Hay que ir más allá y ver lo que son capaces de provocar en el interior de sus cuerpecillos. Como en muchos casos, la dosis hace el veneno, y en esta sociedad siempre hay celebraciones, fiestas, gente que les ofrece... vamos que con esto ya es más que suficiente.

Quizá te preguntes por qué si estos productos, consumidos en altas cantidades, son tan perjudiciales, la industria alimenticia los usa a mansalva. Muy sencillo, son muy baratos y dan un resultado muy sabroso, a veces hasta adictivo.

Nuestros genes no están acostumbrados a esta cantidad de azúcar, harinas y grasas refinadas, provocando con el tiempo las enfermedades descritas arriba, llevándonos a una peor calidad de vida y haciéndonos depender de "las pastillas", que nos arreglaran unas cosas y nos estropearan otras. Si a esto le sumamos la polución, el estrés y el sedentarismo nos encontramos con otros factores de alto riesgo. Cambiemos lo que esté en nuestras manos, cada vez hay más evidencia que los factores ambientales (epigenéticos) influyen más que los genéticos.

Por último, os animo a leer las etiquetas de los alimentos que les damos a nuestros hijos y actuar en consecuencia y sobre todo a no comer a través de ellos, que sean la excepción y no la regla.

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                                                                                                       Manuel Torres Cordero