¿Qué le hacemos a nuestras emociones?

14.11.2017

Con frecuencia les hacemos cosas como negarlas, ocultarlas, temerlas, esconderlas, avergonzarnos de ellas, en definitiva las reprimimos. Y eso lo hemos aprendido desde la más tierna infancia. Mensajes como "no llores que ya eres mayor", "no estés triste", "es muy feo enfadarse", suponen una negación de lo que el niño realmente siente. Esos mensajes hacen que de adultos pongamos en marcha el mismo mecanismo de forma automática, sin ninguna consciencia de ello. Como suele pasar, el primer paso para cambiarlo es tomar consciencia de lo que realmente hacemos. Ya se habla desde muchos frentes de la importancia de una educación emocional en las escuelas, aunque aún estamos lejos de incorporarlo en nuestro Sistema Educativo. Mientras eso llega y no, los que nos lo hemos perdido nos haríamos un gran favor reeducándonos. Tomemos un ejemplo, ante determinada situación laboral sentimos tristeza, normalmente , nuestra forma de actuar, desde los primeros indicios, es decirnos que "no es para tanto", "no debo estar mal", "es inmaduro sentirse así ", etc. (nos repetimos una versión de lo que nos dijeron dijeron de niños). Ponemos en marcha un diálogo interno prácticamente automático, a veces tan veloz que ni lo percibimos ¿Pero qué crees que hace la tristeza si no le dejamos ni un minutito de gloria? ¿Irse sin más? No, no es tan obediente. Al negarlas, ignorarlas o reprimirlas, nuestras emociones pueden adoptar varios caminos. Pueden crecer, convertirse en pensamiento rumiativo, salir por otro lado, en otra situación, quizá con alguien que no tiene nada que ver y se nos queda con cara de póquer, o incluso es posible que somaticemos y aparezcan síntomas físicos, cuya gravedad dependerá de la dimensión de la emoción reprimida.

¿Qué podemos hacer para que eso no suceda? Podemos simplemente concederle su espacio. Me encanta como lo dice Tich Nhat Hanh, sostenla en tus brazos, acunándola como una madre hace con su bebé, "querida tristeza sé que estás ahí". Haz la prueba, al poco tiempo se irá, dolerá menos, y si no estás ante una pérdida importante, de las que motivan un proceso de duelo, puede ser que desaparezca de forma definitiva. Te invito a probarlo, tal vez observes como al contrario de lo que solías imaginar, al reconocerla y aceptarla, la emoción no crezca sino todo lo contrario. Admitir que me siento triste no me hará estar más triste, me hará atender a mi tristeza como ella y yo nos merecemos. Como señala M.B. Rosemberg los sentimientos son mensajeros de nuestras necesidades. Si estoy triste significa que tengo alguna necesidad insatisfecha. Conectar con la naturaleza auténtica de esa necesidad pasa por acoger mi tristeza, solo así sabré qué la motiva y de esa forma podré proporcionarme lo que necesito. Acepta tus emociones, escucha la información que han venido a darte. Actualmente se habla mucho de gestión emocional, pero cómo es posible gestionar lo que no vemos, lo que hemos negado. Dales su espacio, su momento, no tengas miedo de nuestra maravillosa naturaleza humana, racional y emotiva, no solo existimos porque pensamos, también existimos porque sentimos, sentio ergo sum.

Araceli Zaldívar Moreno