006, Licencia para llorar

10.12.2018

Yo estoy triste, tú estás triste, él está triste. Y cuando eso sucede, ¿qué hacemos?

No siempre lo que oímos de niños fue lo más adecuado. Sin embargo, tenemos una cierta tendencia a reproducirlo. De pequeños nos dijeron, a menudo, cosas como no llores, no estés triste. Y lo interiorizamos. Ahora, cuando sentimos pena o cuando vemos a un niño llorar, solemos intentar impedirlo.

Si se trata del niño, nos duele su dolor, o nos irrita, y deseamos verlo alegre y feliz. Pero es un error taponar esa herida. Sería estupendo que dejásemos de hacerlo. No solo con ese niño, también con nosotros mismos. Es preferible dejar que la emoción se exprese, y en el caso de la tristeza, no se sabe muy bien porque motivo, la expresión es el llanto.

La función exacta de las lágrimas se desconoce, pero se sabe que la composición del llanto por pena es diferente de las lágrimas que podemos derramar en circunstancias en las que no estamos tristes, por ejemplo cortar una cebolla, bostezar o sentir felicidad intensa.

Lo que sí podemos comprobar fácilmente es el efecto calmante que experimentamos después del llanto.

Antes de seguir leyendo, quiero pedirte una cosa, imagina por un momento que ves a un niño que conoces llorar. Si es tu hijo, mejor aún. Si no tienes hijos, piensa en algún niño cercano. ¿Qué harías? Puede que le preguntes porqué llora, qué le pasa. Normalmente, lo que harás después, será intentar que deje de hacerlo. ¡No, por favor! ¡No le digas que no llore! No le enseñes, desde su más tierna infancia, a reprimir la expresión de su tristeza. En lugar de eso, ofrécele tu hombro, ofrécele tus brazos, ofrécele si quieres un pañuelo. Si deseas hablarle, puedes probar algo como "estás triste, ¿verdad?". Es tan importante llorar cuando sentimos pena. Cualquier frase que reconozca la emoción, en lugar de negarla, le será de utilidad. Cosas como, "claro, es normal estar triste si...." Es maravilloso, que nos den permiso para llorar.

Esto mismo, sueles hacerlo contigo. No lo hagas. En lugar de eso, date licencia para llorar. Tu "tipo blando" tan bien necesita expresarse de vez en cuando.

Osea, que lo adecuado es hacer lo contrario de lo que normalmente hacemos.

Cuando le decimos a un niño "no llores más", "tu ya eres mayor", "eso no tiene importancia", "por esa tontería ¿vas a estar triste?," (o peor aún lo vinculamos al género "los niños no lloran") le mostramos que no es bueno que sienta lo que siente. ¡Y claro que es bueno! Ante las pérdidas aparece la tristeza. Eso es lo humano. No le trasmitas que su emoción es un error, no le indiques que deje de sentirla. Si hacemos eso, puede que el mismo se llegue a ver como inadecuado, puesto que siente cosas inadecuadas (siguiendo la lógica Forrest Gump, ya sabes tonto es el que dice tonterías, inadecuado es el que siente inadecuadamente). Indirectamente le estamos dando el mensaje de que es mejor que no confíe en sus propios sentimientos, dado que siente de manera incorrecta.

Si la tristeza del niño (o la tuya propia) te molesta, te crispa, aguanta un poco, pronto pasará. Solo si la rechazamos dura más. Gestiona tú tus propias emociones, que eres el adulto y permítele a él que exprese, con llanto, su pequeño dolor (también a tu niño interior). Bajo tu prisma ¿no ves motivo suficiente? Bueno, ¿y qué? En sus dos, cuatro, o seis años, un juguete roto es una gran pérdida. Ese es su mundo. Permite de verdad que su tristeza pase, y entonces, pasará, será cuestión de un momento. Solo dejando que fluya se marchará realmente. Si la reprimes parecerá que no está, parecerá que se fue, pero algo de ella se habrá quedado.

La tristeza se parece al agua de un río, puedo ponerle un dique, pero eso no hará que el agua deje de ser agua. Si le pedimos, le enseñamos al niño, o a nosotros mismos, a contener las lágrimas, no las veremos, igual que no vemos el río en su cauce, pero la emoción estará contenida, como en el embalse. ¿Has visto como se desborda el agua de un embalse cuando se rompe el dique? No fabriquemos una presa para nuestras emociones.

Sí, de pequeños nos dijeron todas esas cosas, "no llores", "no estés triste", "no es para tanto". Nos lo creímos. Pensamos que estar triste era incorrecto, era indebido. Creímos que no teníamos derecho a llorar. Ahora nos toca desaprender el mensaje erróneo que recibimos.

Cuando adoptamos el mal hábito de reprimir la tristeza, a cada uno nos da por una cosa. Es una emoción intensa y, para anestesiarla, buscamos consuelos que la oculten, que la oculten incluso de nosotros mismo. Los comportamientos son muy variados. Unos se hartan de comer, otros lo disfrazan de ira, otros buscan alguna droga, sustancia o persona a la que engancharse. A otros les da por la autoexigencia, se ponen muy derechos y fruncen bien el ceño, cualquier cosa antes que llorar. Llorar nos quedó claro que no era correcto, así que, vamos a tragarnos esta caja de galletas enterita hasta que la tristeza se vaya. Pero ¿sabes qué? Algo de ella va a quedarse, porque no la has oído, no has escuchado el mensaje que vino a traerte. Y mientras sigas zampando bombones o patatas fritas, enganchando al tabaco o a esa persona que no te trata bien, comprando de forma compulsiva o emborrachándote, en lugar de oír a tu emoción, tu tristeza no se va a ir. En su lugar puede aparecer un bucle de adiciones y apegos.

Y puede que nunca llegues a saber que has estado fabricando un dique con todo lo que nos dijeron que "no se debía..." o "no se tenía que hacer", la presa de nuestra represión, el gran embalse de nuestras emociones.

Y, como no sabemos qué hacer con toda esa energía contenida, un día, nos desbordamos. Un día, la presa, que sostenía toda el agua, revienta, y nosotros, ni siquiera sabíamos que estábamos construyendo, poco a poco, el muro que contenía todas aquellas lágrimas.

Deja que tus aflicciones fluyan a través de ti. Te dejarán un mensaje y se marcharán. Más tarde o más temprano, dependiendo de lo doloroso de la pérdida, se marcharán. (Salvo en la tristeza patológica o depresión, que no es de lo que aquí hablamos).

Solo escúchalas un momento.

Tampoco las enganches, suéltalas.

Para soltarlas, antes, tienes que sentirlas.

Si quieres, habla con tu tristeza. ¿Es ridículo? No importa. ¿Acaso no es ridículo lo que hacías antes? Claro que sí, lo es más, pero no nos lo parece porque lo compartido socialmente suele disfrazarse de correcto. Si hablamos con nuestro pesar, nos daremos cuenta de que lo que hemos perdido era importante para nosotros. Y solo entonces podremos hacer algo genial, algo estupendo para nosotros mismos, ver que a veces, muchas veces, no era, realmente, tan, tan importante.

A menudo, cuando me permito sentir, etiqueto lo que siento, le pongo nombre en lugar de darle la espalda, me doy cuenta de que es efímero, de que no es para tanto. Supone un gran alivio, además de no cargar con el peso inconsciente de que siga conmigo. Les digo un adiós verdadero, o tal vez, hasta otra.

La próxima vez que te sientas afligido puedes probar estos pasos:

  • Siente lo que sientes, y etiquétalo.
  • Escucha a tu niño interior, y si lo necesita, déjalo que llore.
  • Solo después de eso puedes intentar calmarlo, aceptando lo que ha ocurrido. Puedes usar un que se le va a hacer, no está, se fue, es lo que hay, es la vida, o cualquiera que sea la frase que más te ayude a aceptar la realidad.

Pero recuerda, no te saltes sentir lo que sientes, hacerlo sería como tragar sin masticar, solo conseguirás una mala digestión.

Araceli Zaldívar Moreno